miércoles, 15 de febrero de 2017

“Los últimos”, de Paco Cerdá



Reportaje periodístico que busca llamar la atención sobre un fenómeno demográfico conocido sobre el que se pasa de puntillas y que, año a año, continúa avanzando en su obstinado proceso de ocaso, silencio y desolación. Cerdá (1985) recorre en este libro la Serranía Celtibérica, un territorio que se extiende por diez provincias del interior de España, con zonas de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castellón. En total, una extensión de 65.000 km2 en la que solo viven 480.000 personas, es decir, 7,38 habitantes por kilómetro cuadrado (cuando la media de España es de 91,83).



Este amplio territorio está formado por 1.355 pueblos; de ellos, más de la mitad tienen menos de cien habitantes empadronados, aunque lo más seguro es que vivan bastantes menos que los que dicen las cifras oficiales. El fenómeno se extiende a otras zonas de España. Como acaba de publicar un Informe de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), que analiza el último padrón certificado por el INE, el de 2016, ya son 14 las provincias en las que más del 80% de sus municipios no pasan de mil empadronados. Como se apunta en el Informe, España perdió 67.374 habitantes; sin embargo, las pérdidas solo se produjeron en el mundo rural, pues la población de todas las capitales de provincia aumentó en 14.000 personas.
            Los últimos no es un sesudo ensayo sobre la situación de abandono y desamparo que se encuentra esta zona. Estamos ante un viaje periodístico que el autor realiza dando la voz a los auténticos protagonistas, los escasos y a veces singulares vecinos que todavía viven en estos lugares y que no huyeron a las grandes urbes en las décadas de la posguerra con la promesa de mayores y fáciles posibilidades económicas y vitales. De la mano de estos resistentes, se habla con realismo sobre las condiciones de vida en estos pueblos, los servicios mínimos con que cuentan y las posibilidades de realizar tareas y trabajos. No comparte el autor la visión idílica e irreal que pueden tener los que deciden abandonar las claudicaciones de las grandes ciudades para encontrar en estos pueblos la anhelada paz y tranquilidad. Cerdá opina que una de las soluciones a la desertización puede estar en este “neorruralismo”, siempre que se conozcan muy bien las posibilidades que ofrece cada pueblo y las dificultades que conlleva una vida solitaria, sin apenas vida social y con muy pocos, si los hay, servicios comunitarios.
            Las tranquilas conversaciones que tiene con estos vecinos, lo mejor del libro, son muy variadas y abordan diferentes perspectivas sobre la realidad y los problemas de lo que en el libro se denomina “la Laponia española”. Las conversaciones son francas, humanas, certeras, sencillas; muestran a las claras la realidad, plantean muchas preguntas y también se ofrecen soluciones, que pasan también por la implicación de las Administraciones (asunto complejo cuando, como sucede en esta ocasión, los lugares afectados pertenecen a diferentes Comunidades Autónomas).



            Aborda el autor un tema sociológico peliagudo, pero con connotaciones literarias y periodísticas muy atrayentes. Por ejemplo, la novela que ha dado más fama al escritor leonés Julio Llamazares es La lluvia amarilla, ambientada en un pueblo pirenaico pero inspirada en la desaparición del último habitante de un pueblo soriano; también el periodista y escritor Abel Hernández recreó en Historias de La Alcarama, y en posteriores títulos muy bien acogidos por los lectores, la vida en un pueblo ahora fantasma, Sarnago, en las Altas Tierras de Soria. Y Sergio del Molino, en un reciente libro, La España vacía (Turner), con muchos kilómetros a sus espaldas, reflexiona sobre esta dura realidad de la desertización del mundo rural.  
            “Demotanasia” es el nombre que se da en Los últimos a este proceso de abandono y muerte de tantos pueblos. Una zona al borde de la extinción, condenada al aislamiento y el olvido.


Los últimos
Paco Cerdá
Pepitas de Calabaza. Logroño (2017)
176 págs. 16 €.

domingo, 5 de febrero de 2017

“Medianoche en el siglo”, de Victor Serge


Vuelve a publicarse esta novela del belga Victor Serge (1890), hijo de exiliados rusos, revolucionario que se unió al Partido Comunista ruso en 1918, participó en la guerra civil rusa y desempeñó importantes puestos en el aparato del Partido hasta que, a partir de 1927, cayó en desgracia por sus posiciones trotskistas y su crítica de la deriva totalitaria del estalinismo. A finales de la década de los veinte, fue expulsado del Partido Comunista. En 1932 fue detenido por la GPU (antecedente del KGB) y tras pasar una larga temporada en las cárceles de Moscú fue deportado a Orenburg, en los Montes Urales. En 1936, una campaña internacional en su favor reclamó su liberación y ese año consiguió abandonar la URSS. Luego vivió en España, Bruselas y París hasta 1940, año en que se trasladó a México, donde llevó una existencia precaria hasta su muerte en 1947.
            Tras su expulsión del Partido Comunista, Serge se dedicó en parte a la literatura. Antes de ser detenido y deportado, publicó tres novelas (Hombres en prisión, Surgimiento de nuestro poder y Ciudad ganada), donde en clave novelesca hablaba sobre las dificultades por las que atravesó la Revolución hasta su triunfo final. Durante su deportación, escribió otras dos novelas que la GPU le requisó antes de abandonar la URSS. En el extranjero compaginó la redacción de su autobiografía (Memorias de un revolucionario) y libros políticos con otras novelas, entre las que destacamos Medianoche en el siglo, publicada en París en 1939, y El caso Tuláyev, novela que se publicó tras su muerte en 1947.
            Estas dos últimas novelas guardan muchos puntos en común pues las dos se refieren a las Purgas que se desataron en la URSS en la década de los treinta y que acabaron con ejecuciones, deportaciones y exilios de muchos dirigentes comunistas. La primera, Medianoche en el siglo, inspirada en la propia biografía del autor, tiene además el acierto de ser uno de los primeros testimonios sobre el Terror comunista en unos años en los que la propaganda soviética y el peso de los Partidos Comunistas en Occidente habían mostrado una imagen muy complaciente de los logros de la revolución rusa.
            Esta novela fue escrita entre 1936 y 1938, es decir, ya en el exilio y en pleno desarrollo de los juicios en Moscú contra figuras destacadas del Partido Comunista acusados de contrarrevolucionarios. La novela comienza con el arresto del profesor de Materialismo Histórico Mijail Ivanóvic Kostrov, acusado de cuestionar algunas ideas de la Revolución Francesa y, por lo tanto, de promover en sus clases ideas contrarrevolucionarias. Tras su detención, fue deportado a Chernoé, un pueblo ficticio de los Montes Urales, donde entra en contacto con otro grupo de intelectuales comunistas que también han sido detenidos y condenados a vivir en aquellas miserables tierras.
            La novela adopta una técnica coral. Comienza poniendo la lupa en Krostov, pero luego, tras su deportación, conocemos las trayectorias de otros presos –Ryjik, Rodion, Elkin, Varvara, Avelii- que también fueron revolucionarios de la primera generación (todos menos Rodion) y que sufrieron la represión por criticar la política de Stalin. Estos deportados mantienen unas reuniones clandestinas donde discuten sobre marxismo y comunismo y en las que consideran a Stalin y los miembros del Politburó traidores al espíritu genuino de la Revolución.
            Pero en Moscú y en toda la Unión Soviética arrecia la persecución contra el trotskismo, y hasta la lejana Chernoé llegan las directrices de arrinconar a los trotskistas y volvernos a mater en prisión.
            La concepción de la novela de Serge rechaza los estrechos límites del realismo socialista, tanto en los aspectos formales como de contenido. Sus novelas, de tesis, con mucho contenido político, se conciben como un testimonio de protesta contra lo establecido, rebelión que encarnan en su caso destacados dirigentes que son perseguidos por ser fieles a la auténtica causa comunista. Como le sucedió al propio Serge, que nunca renegó de sus ideales revolucionarios, lo que se cuestiona es la deriva tiránica del régimen de Stalin, alejada de lo que ellos consideran los auténticos valores del comunismo. De hecho, la parte final de la novela puede considerarse un canto a la esperanza, pues entre ellos incluso han surgido nuevos revolucionarios, alejados ya de las ideas oficiales, que están dispuestos a luchar por reconducir la Revolución.


Medianoche en el siglo
Victor Serge
Alianza. Madrid (2016)
296 págs. 18 €.
T.o.: S’il est minuit dans le siècle.
Traducción: Ramón García Fernández.

miércoles, 1 de febrero de 2017

“Lo que no puedo olvidar”, de Anna Lárina


Anna Lárina (1914-1996) fue la esposa de Nikolái Bujarin, uno de los grandes líderes de la revolución soviética, amigo personal de Lenin y uno de los candidatos a sucederle tras su muerte. En sus memorias, publicadas por capítulos en 1988 y en libro en 1989, Lárina, una joven intelectual educada en la órbita del Partido Comunista, cuenta su vida privilegiada como miembro de la “aristocracia” del Partido. Era la hija adoptiva de un destacado comunista de la Revolución, Yuri Larin, del que se cuentan muchas cosas en este libro; creció en el hotel Metropole, residencia de muchos líderes soviéticos. Desde pequeña conoció a Lenin y Stalin, y también a otros muchos protagonistas de la Revolución, como Bujarin, 25 años mayor que ella y muy amigo de su padre. Ella tenía 16 años cuando se comprometieron y 20 cuando se casaron. 


Pero más que las memorias personales de la autora, que también lo son (especialmente en lo que se refiere a su relación con su marido), este libro se centra en rehabilitar la figura del fykov y Mijail Tomski, s finales de 1927, en el XV Congreso del Partido Comunista. Sin embargo, junto con Aleksei Rluciritos estailósofo y economista, Bujarin, político que ocupó importantes puestos en el Buró Político del Comité Central del PCUS (el Politburó) hasta 1929. Con Stalin, contribuyó a derrotar a la denominada Oposición Unificada, de la que formaron parte Lev Trotski, Grigori Zinóviev y Lev Kaménev, que fue disuelta a finales de 1927, en el XV Congreso del Partido Comunista. Sin embargo, junto con Aleksei Rykov y Mijail Tomski, se opuso a la política económica que Stalin diseñó tras el periodo de la Nueva Política Económica (NEP), de la que fue su principal ideólogo y que se oponía a la colectivización agrícola forzosa que proponía Stalin. Desde entonces, fue acusado de opositor y cesado como miembro del Politburó, aunque siguió ocupando destacados cargos, como el de Secretario General del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista desde 1926 a 1935; editor, de 1934 a 1937, del periódico Izvestia, órgano de expresión oficial del Gobierno soviético; además de ser uno de los redactores de la nueva Constitución de 1936.
A partir de 1937, fue investigado por la NKVD y acusado de haber creado un bloque trotskista de derechas que perseguía, entre otros objetivos, la restauración del capitalismo. En uno de los famosos juicios de Moscú, fue condenado a la ejecución (en el mismo proceso, entre otros, también fueron condenados Rykov y Génrij Yagoda). Su condena arrastró también a su familia. Anna Lárina, con la que había contraído matrimonio en 1934, fue detenida, deportada a Astraján, luego en Tomsk (de camino, estuvo en las cárceles de tránsito de Saratov y Sverlovisk); posteriormente fue trasladada a la cárcel de Novosibirsks y Kemonovo y de allí fue trasladada a Moscú (permaneció tres años en una celda subterránea de la Lubiajka) y posteriormente condenada a Siberia hasta cumplir su condena de ocho años, aunque a partir de 1945 sufrió destierro en Siberia. Su hijo Yuri, de apenas un año cuando Bujaron fue detenido, fue enviado a un orfanato y no volvería a ver a su madre hasta casi veinte años después; también fue ejecutada la primera mujer de Bujarin, Nadezhda Lukiná (Burajin convivió después con la economista Esfir Gúrvich, con la que tuvo una hija, Svetlana). Tras veinte años de cautiverio en Siberia, Anna consiguió regresar a Moscú en 1959 y reunirse con su hijo Yuri en 1960.
             Sin embargo, este libro apenas cuenta su vida en el Gulag. No es esa la intención de Anna Lárina. A ella le interesa rescatar de su vida todo lo que tiene que ver con Bujarin. Por eso si aparecen muchos detalles de su vida en común los viajes que realizaron y, después, la agonía de su marido cuando fue comprobando lo que el Partido estaba preparando contra él. Antes de que fuera detenido, Bujarin le hizo aprenderse de memoria su “testamento” político, que ella conservó durante muchos años, repitiendo en las cárceles que frecuentó, y cuyo texto completo –un alegato sobre la inocencia de Bujarin y los positivos valores de la revolución rusa- no se publicó hasta los años de apertura de Mijaíl Gorbachov, en 1988, el mismo año que se publicaron estas memorias, que la autora comenzó a escribir en secreto después de su salida de la prisión (si el KGB hubiese descubierto este libro en una de sus pesquisas, hubiese vuelto a Siberia) y que fue completando a medida que tuvo acceso a documentos secretos sobre su marido, pues todos sus archivos y sus escritos estaban en posesión del KGB.
A la vez que escribía este libro, Lárina hizo todo lo que estuvo a su alcance para lograr la rehabilitación de su marido, con cartas a Nikita Jruschov (uno de los que apoyó las represiones de Stalin a finales de la década de los treinta) y a los sucesores líderes del Partido Comunista. El nombre de Bujarin, perseguido desde todos los frentes y considerado como uno de los peores enemigos de la Revolución, fue, sin embargo, recuperando su prestigio gracias a los estudios que se pudieron publicar sobre su persona, de manera muy especial la biografía que Stephen F. Cohen, profesor de la Universidad de Princenton, publicó en 1973 después de haberse entrevistado en secreto con Lárina durante la época de Breznev y que su hijo Yuri fue traduciendo en secreto al ruso hasta su publicación en Estados Unidos. Cohen es el autor de la introducción de Lo que no puedo olvidar.


            Al final de su vida, Lárina consiguió la rehabilitación de su marido y también recobró los documentos de su archivo personal y los escritos últimos que redactó antes de morir, entre ellos unos poemas (que se reproducen en las memorias de Lárina) y una novela autobiográfica, Cómo empezó todo (Pre-Textos. Valencia. Valencia (2007). 440 págs. Traducción: Rubén Darío Flórez Arcila), publicada en español en 2007. En ella, a través de un álter ego, Nikolai Kolia Petrov, cuenta con un tono lírico su infancia y primeros años de adolescencia, con una constante presencia la naturaleza. La novela es un excelente retrato de la Rusia anterior a la Revolución. Novela de formación que habla de la vida en el imperio zarista, de los funcionarios y del profesorado, de las desigualdades que estallaron en la fallida Revolución de 1905.
            Como escribe Stephen F. Cohen en la introducción: “Esta obra sin precedentes en la literatura soviética es a la vez un cuento familiar, una historia de amor y una búsqueda de justicia política”. Tiene tanto un valor literario como histórico y se ha convertido en uno de los mejores testimonios de todas aquellas personas que sufrieron, con el consentimiento del aparato político comunista, una irracional represión. Como escribe la autora en el prólogo, “he luchado durante años y con tenacidad para que el nombre de Nikolái Ivánovich fuese rehabilitado, y ahora que eso ha ocurrido, me siento feliz de haber contribuido a ello”.


Lo que no puedo olvidar
Anna Lárina
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona (2007)
528 págs.
Traducción: María García Barris.

miércoles, 25 de enero de 2017

“Un día en la vida de Iván Denísovich”, de Aleksandr Solzhenitsyn


Para calentar motores con la celebración del aniversario de la Revolución Rusa, he releído estos días esta gran novela, una de las más importantes que describen la vida en los gulag soviéticos. En este blog, por si interesa el tema, hay bastantes testimonios literarios (ensayos, libros memorialísticos y de ficción) sobre la extensión de los gulag y la sistemática represión que se vivió en la Unión Soviética durante desde los días de la Revolución hasta su desintegración. Los Gulag no fueron una invención de Stalin. Comenzaron con Lenin y continuaron después de la muerte en 1953 de Stalin.
Aparecida en 1962, tras conseguir el permiso para su publicación del mismísimo Nikita Kruschov, Un día en la vida de Iván Denísovich fue la única obra de Solzhenitsyn que se publicó en la Unión Soviética. Para escribir esta novela se inspiró en su propia vida. En 1945, cuando se encontraba en el frente soviético, Solzhenitsyn fue detenido por criticar a Stalin en una carta dirigida a un amigo de la infancia. Fue condenado a ocho años en diferentes campos de concentración y luego desterrado a una aldea perdida de la estepa de Kazajstán, donde permaneció hasta 1956, cuando fue liberado y pudo regresar a Moscú.


Pero en su novela Solzhenitsyn decidió contar la vida de un campesino en el Gulag. Iván Denísovich Shújov es llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial. Capturado por los nazis, consigue escaparse y regresar al ejército soviético donde no es recibido precisamente con los brazos abiertos. Acusado de traición y para que no le fusilen, Shújov tiene que confesar que es un espía alemán. Como tantos otros soldados soviéticos que vivieron una situación parecida, es condenado a diez años de trabajos forzados.
Solzhenitsyn envió su novela a las editoriales en 1961, pero aligeró su versión, suavizando los comentarios políticos y las críticas al régimen soviético. Cuando el poeta Alexandr Tvardosvki, director de la revista Novy Mir, la leyó, intuyó de inmediato que se encontraba ante una obra excepcional. Aprovechó la mínima apertura que se produjo en la URSS tras la celebración del XXII Congreso del PCUS, y consiguió la autorización del Partido Comunista para su publicación en 1962, lo que provocó muy pronto un espectacular impacto nacional e internacional.
El éxito, sin embargo, aumentó los problemas de Solzhenitsyn con las autoridades y desde entonces no consiguió publicar nada en su país. Para complicar ma´s las cosas, en 1970 recibió el Premio Nobel de Literatura. Tras la publicación en 1974 de Archipiélago Gulag, en la que documentaba con todo lujo de detalles y testimonios el universo carcelario creado en la URSS, fue expulsado del país.
La traducción de esta edición, a cargo de Enrique Fernández Vernet, está basada en la versión rusa completa que Solzhenitsyn publicó en París en 1973. Hasta ahora, las ediciones españolas que reproducían la versión íntegra estaban traducidas del francés o del alemán. De su completísima introducción, que explica las vicisitudes de este libro y sus principales características, me quedo con esta cita: “Las obras de denuncia pasan por una primera etapa en que prima el mensaje político y la inmediatez, pero con el tiempo –una vez se ha difundido y asimilado- debe acabar prevaleciendo el aspecto literario”.
En la novela, Solzhenitsyn cuenta un solo día de la vida de Shújov, cuando ya lleva ocho años prisionero. Con un estilo desgarrado y fragmentado, salpicado de expresiones propias del argot carcelario, describe minuciosamente los acontecimientos de ese día, desde que Shújov se levanta hasta que se duerme. La obsesión más importante es la comida. Gracias a su experiencia y desparpajo, Shújov se maneja bastante bien en el campo. Conoce perfectamente lo que tiene que hacer en cada momento para no llamar la atención y para que no se fijen en él. Sin grandes disquisiciones, Solzhenitsyn cuenta con múltiples detalles la vida en el campo, la relación entre los presos y los carceleros, las jornadas de trabajo, el tipo de comida, los castigos, la procedencia de los prisioneros...
La denuncia del régimen de Stalin traspasa toda la novela, pero no se insiste en ella, pues el autor prefiere mostrar, literariamente, las dramáticas consecuencias de la inhumana represión.


Un día en la vida de Iván Denísovich
Aleksandr Solzhenitsyn
Tusquets. Barcelona (2008)
218 págs.
T.o.: Odín den Ivana Denísovicha.
Traducción: Enrique Fernández Vernet.

sábado, 21 de enero de 2017

“Max Perkins, el editor de libros”, de A. Scott Berg


Coincidiendo con el estreno de El editor de libros, película dirigida por Michael Grandage basada en un guion de John Logan e inspirada en la vida de Waxwell Evarts Perkins, se ha publicado la biografía que A. Scott Berg escribió en 1978 sobre este editor norteamericano y con la que consiguió el National Book Award.
            Max Perkins (1884-1947) está considerado uno de los grandes editores de la literatura norteamericana, editor, entre otros muchos, de tres grandes escritores de los años veinte y treinta: Scott Fitzgerald, Ernest Hemingay y Thomas Wolfe. Como escribe Berg, “se había jugado su carrera con ellos, desafiando los gustos establecidos por la generación anterior y revolucionando la literatura americana”.
            Estudió en Harvard y trabajó como reportero en New York Times antes de entrar a trabajar en 1910 en Hijos de Charles Scribner, prestigiosa editorial donde publicaban grandes escritores ingleses y norteamericanos de la primera década del siglo XX como John Galsworthy, Henry James y Edith Wharton. “En 1919, Perkins ya se había consolidado como un prometedor y joven editor”.
            Tuvo muy buen olfato para descubrir a escritores que estaban revolucionando con sus primeros libros la literatura norteamericana. Esta biografía se centra de manera especial en la larga, extensa y compleja relación que mantiene con los tres autores antes citados, representantes de la llamada generación perdida, aunque de pasada se habla de otros muchos escritores con los que Perkins colaboró: es el caso del periodista y autor de relatos Ring Lardner, de la escritora de novelas históricas Taylor Caldwell y de otros escritores que tuvieron en su momento mucho prestigio, como S. S. Van Dine, Erskine Caldwell y Marcia Davenport, entre otros que se citan en este libro, algunos de ellos ya olvidados.
            Perkins descubrió la innata capacidad de Scott Fizgerald para retratar las sombras de la sociedad decadente y rica de los años veinte, a la que Fitzgerald quiso pertenecer de manera obsesiva, fiebre que le provocó numerosas crisis en su escritura y en su matrimonio de las que hace partícipe a su editor. Fitzgerald consiguió notable éxito con A este lado del paraíso (1920), su primera obra; luego siguió manteniendo la calidad en sus otras novelas, sobre todo en El Gran Gatsby (1925) y Suave es la noche (1934), pero sus frecuentes caídas en el alcoholismo, su propensión a la extravagancia y su fascinación por el dinero hicieron mella en su trayectoria literaria, reducida a pocos títulos que consiguieron prestigio en vida pero sobre todo años después de su repentina muerte en 1940. Perkins también descubrió el enorme talento de Ernest Hemingway, al que publicó sus grandes obras y con quien compartió muchos momentos de amistad, a pesar del fuerte carácter del escritor, poseedor de un inmenso ego y de un desmesurado afán de publicidad.
            Su relación con Wolfe, muy compleja, fue mucho más allá de su trabajo como editor. Perkins descubrió en Wolfe una voz brillante y nueva para describir la realidad norteamericana; pero Wolfe tenía un peligroso problema: una cruda y egotista exuberancia que le impedía escribir libros “normales” y un carácter repleto de suspicacias, como se demostró en el proceso de edición de su primera novela, El ángel que nos mira (1929). La tirante relación personal y profesional que mantuvieron autor y editor es la que se cuenta en la película El editor de libros, centrada de manera exclusiva en estos dos personajes. Tras las críticas que Wolfe recibió por su novela Del tiempo y el río (1935), rompieron su amistad y decidió cambiar de editor pocos años antes de su muerte en 1938 por una tuberculosis cerebral. Perkins acusó esta pérdida y siempre recordó a Wolfe como uno de los grandes escritores con los que trabajó. Thomas Wolfe escribió en diferentes textos sobre su amistad y relación con Perkins y también sobre el mundo editorial de aquellos años. Un ejemplo es la reciente edición de El viejo Rivers (Periférica. 2016), una breve narración en la que Wolfe ridiculiza el mundo de los viejos editores y su gastada concepción de la literatura, mundo que Perkins rompe con una actitud mucho más abierta a los nuevos valores.


            El libro reproduce muchos pasajes de la extensa correspondencia que Perkins, casado y padre de cinco hijas, tuvo con estos escritores y otros muchos, y con Elizabeth Lemmon, una mujer que vivía alejada de Nueva York y que fue su confidente y amor imposible. Estas fuentes permiten conocer muy bien las opiniones de Perkins sobre numerosos aspectos de su vida personal y de su trabajo como editor. En ellas vemos a un editor que siempre recomienda a sus autores la lectura de Guerra y paz, de Tolstói; que tiene una alta estima del oficio de editor y de lo que supone escribir libros; y que se implicó, quizá demasiado, en los problemas personales de sus escritores y en sus dificultades económicas y familiares. De manera muy prolija, el libro pone el acento en la descripción de estas tensas relaciones en las que muchas veces las connotaciones literarias quedan en un segundo plano.
Esta biografía muestra las bambalinas del trabajo de editor y contiene muchos y suculentos ejemplos de los consejos que Perkins dio a sus escritores y su complicidad en el desarrollo de sus escritos, sin imponer nunca nada, pero mostrando su opinión y sus alternativas para ayudar en todo momento al escritor a salir de cualquier atolladero.


Max Perkins, el editor de libros
Scott Berg
Rialp. Madrid (2016)
584 págs. 22 €
T.o.: Max Perkins: Editor of Genius.
Traducción: David Cerdá.

miércoles, 11 de enero de 2017

“Ironías”, de Ramón Eder


También poeta y narrador, la literatura de Ramón Eder (1952) se ha decantado finalmente por los aforismos, género que atraviesa un buen momento en la literatura española y del que el autor es uno de sus más logrados representantes. Este volumen reúne sus libros anteriores de aforismos La vida ondulante (2012) y Aire de comedia (2015), a los que se añade una tercera sección llamada Aforismos del Bidasoa.
“Un buen aforismo es un relámpago en las tinieblas”, escribe Ramón Eder. Y este aforismo explica bastante bien el sentido de un género literario que, como escribe Enrique García-Máiquez en unas palabras liminares “responde, sin duda, al espíritu de nuestro tiempo y viene a sanarlo con su propia medicina de intensidad, velocidad y dispersión, como un tratamiento de choque”. Enrique García-Máiquez es otro de los autores contemporáneos que también frecuenta este género (ver su reciente libro Palomas y serpientes, Comares, 2015).
Los aforismos permiten contemplar la realidad bajo una nueva luz. Descubren aspectos insólitos de la vida y alumbran verdades escondidas. Destacan por su agudeza, por emplear “paradojas inquietantes”, por su “ética sutil” y por su capacidad para provocar sorpresas lingüísticas. Es, con palabras del autor, un “género superficial y profundo a la vez”.
Como notas distintivas del género apunta Eder la perfección formal, la agudeza y la lucidez. En su caso también hay que añadir el sentido del humor y la ironía (“la ironía es mi patria”). La literatura clásica está plagada de máximas y sentencias solemnes y graves, pero Eder dice que también hay verdades alegres y que “los aforismos humorísticos pueden ser tan lúcidos como los sepulcrales”. Varios ejemplos: “Acabarán prohibiendo hasta fumar la pipa de la paz” y “La vida en sus mejores momentos es cursi”.
Son muchos los temas que aparecen en estos aforismos. Hay bastantes relacionados con el mundo de los escritores y la literatura: “Se le subió a la cabeza un premio literario que le dieron en el colegio y ya no se recuperó nunca”, “Regalar libros que nos gustan es la forma más generosa de ejercer la crítica literaria”, “Sólo el escritor que escribe por dinero sabe por qué escribe”. Hay también felices intuiciones estéticas (“Sobre todo, no ser pomposo”, “Los fuegos artificiales no me gustan porque son bonitos”), brillantes observaciones vitales (“El carácter se forma los domingos por la tarde”, “Siempre resulta irritante que nos hablen con tono paternalista”), sabias reflexiones existenciales (“Haber tenido una infancia feliz es un serio obstáculo para el resto de la vida. Sólo se puede ir a peor”). Y certeros comentarios sobre la realidad (“La lucha por el poder suele ser terrible, pero la lucha por las migajas del poder es siempre patética”).
Todos juntos forman, además, el autorretrato del escritor y dan muchas claves sobre su filosofía vital. En estos aforismos, Eder contempla el mundo desde un original e irónico punto de vista, con lúcidas e instantáneas impresiones plagadas de belleza, originalidad y sentido común. Para Carlos Marzal, autor del prólogo, “los aforistas, salvo excepciones contadas, no son filósofos, sino simples moralistas domésticos, paseantes con capacidad de juicio”.


Ironías
Ramón Eder
Renacimiento. Sevilla (2016)
228 págs. 17 €.

sábado, 7 de enero de 2017

“Mis momentos”, de Andrea Camilleri


            Andrea Camilleri (Sicilia, 1925) es el escritor italiano actual más popular, conocido sobre todo por sus novelas policiacas que comenzó en 1994 cuando creó a su personaje Salvio Montalbano. Desde entonces, se ha dedicado de manera exclusiva a la literatura, combinando las novelas policiacas con otros libros de intriga y autobiográficos. Durante más de cuarenta años, Camilleri fue director de teatro y de televisión.
            Como escribe el autor en una breve “Nota previa”, “este libro aspira a recopilar, de manera desordenada, aunque prestando mayor atención a mis años juveniles, algunos encuentros que, así duraran un momento o casi toda una vida, determinaron en mí una especie de cortocircuito: en otras palabras, provocaron una primera y momentánea sensación de desapego y más tarde una suerte de mayor iluminación en mi interior”. La suma de estos recuerdos traza una mínima biografía del autor, en donde aparece su intensa relación con el mundo de la cultura, especialmente con el teatro, y de la política, pues Camilleri militó en el Partido Comunista italiano.
            Estos “momentos” duran apenas pocas páginas y en ellos el autor describe encuentros y anécdotas relacionadas con personajes relevantes de la política y la cultura –como Antonio Tabucchi, Pier Paolo Pasolini, Carlo Emilio Gadda, Elio Vittorini, Primo Levi, Benedetto Croce…- y con personajes anónimos que dejaron un “destello” en su vida, como Pino Trupia, un delincuente con el que coincidió durante una breve estancia de Camilleri en la cárcel, o el maestro Emmanuele Cassesa y sus originales métodos educativos.
                   Camilleri no insiste y va directamente al asunto. Su estilo es muy eficaz, vivo y coloquial, además de resaltar anécdotas muy divertidas y otros encuentros más graves. El resultado es un libro memorialístico muy ameno donde el interés no reside en el autor sino en las peculiaridades y virtudes de los personajes que protagonizan estos momentos. 




Mis momentos
Andrea Camilleri
Duomo. Barcelona (2016)
224 págs. 16,80 € (papel) / 9,99 € (digital).
T.o.: Certi momento.
Traducción: Carlos Gimpert.