domingo, 15 de abril de 2018

“Memorias”, de Anastasia Tsvietáieva


Interesantes memorias de Anastasia Tsviétaieva (1894-1993), la hermana menor de la gran poeta rusa Marina Tsviétaieva, que se suicidó en 1941. La vida de su hermana Marina se convierte en el hilo conductor de estas memorias, que se detienen sobre todo en la infancia y adolescencia de las dos hermanas, hijas de un matrimonio culto y burgués. Su padre fue director del Museo de Bellas Artes de Moscú, y su madre era una pianista de prestigio. Por las frecuentes enfermedades de la madre, la familia pasó largas temporadas en el extranjero.
También Marina, que vivió los inicios de la Revolución Rusa en Crimea y Moscú, consiguió escaparse al extranjero con su marido, Serguéi Efrón, y sus hijos Ariadna y Mur. A finales de la década de los treinta, decidieron regresar a la URSS. Primero lo hicieron su marido y su hija Ariadna y luego ella, en 1939, se instaló con su hijo Mur. Pero no fue una buena decisión. Al poco de llegar, detuvieron a su marido, le condenaron y fusilaron; a su hija Ariadna, la detuvieron también y la enviaron a Siberia. Desesperada y sola, sin apenas medios para vivir, enferma, Marina se suicidó en Yéluga en 1941. Como cuenta su hermana Anastasia, ella no se enteró de su muerte hasta dos años después. El recuerdo emocionado de la muerte de su hermana ocupa la parte final de este libro de memorias.
            Tampoco tuvo una vida fácil la autora, Anastasia. Primero, fue detenida en 1933, pero gracias a la intervención del propio Gorki consiguió recuperar la libertad. Pero fue nuevamente detenida en 1937 y condenada a diez años de internamiento en Siberia; tras salir, quedó deportada en Siberia y no pudo regresar a Moscú hasta 1956.
            Anastasia, con un estilo nítido y ligero, en ocasiones muy lírico, revive la primera parte de su vida, de manera especial su infancia y juventud, y luego algunos episodios posteriores, como la muerte de su hermana y el viaje que realizó al lugar donde se quitó la vida, pero no estamos ante las memorias de una víctima del Gulag, suceso que no aparece en este libro, del que se publicó una antología en 1971 (hasta la época de la Perestroika no se permitió la publicación de testimonios sobre el Gulag, aunque muchos de ellos circularon en samizdat durante los peores años de la represión comunista).
            Como decíamos, el peso de la narración se lo llevan los recuerdos de su hermana, sus inquietudes literarias y artísticas y la intensa relación que mantuvo con artistas y poetas contemporáneos, tanto ella como su hermana Marina, de la talla de  Anna Ajmátova, Gumiliov, Mandelstam, Voloshin y Pasternak, entre otros, autores que como le sucedió a Marina, sufrieron de manera directa o indirecta la censura y la persecución. De hecho, la mayoría de estos autores, y también Marina Tsviétaieva, son los protagonistas del volumen La palabra arrestada (Galaxia Gutenberg, 2018), del poeta y escritor siberiano Vitali Shentalinski, autor fundamental a la hora de conocer la magnitud de la represión que padecieron miles de escritores durante las décadas de comunismo. Uno de estos capítulos está dedicado a contar la conflictiva relación de Marina con el régimen, que ya quedó reflejada en su libro Diarios de la Revolución, escrito en 1917, y la trágica persecución que sufrieron su marido, su hija y ella misma.
            Estas memorias describen el pujante ambiente social y artístico que se vivió en Rusia en las primeras décadas del siglo XX, que sufrió una radical transformación a partir de la Revolución y de la primera Guerra Mundial, donde se alteraron los valores artísticos y el arte quedó sometido totalmente a los intereses ideológicos del Partido Comunista (como cuento, recurriendo a muchos testimonios literarios, en mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag). 


Memorias
Anastasia Tsvietáieva
Hermida Editores. Madrid (2018)
1.200 págs. 35 €.
Traducción: Marta Sánchez Nieves y Olga Korobenko.

“Por carreteras secundarias”, de Alfonso Armada


En los últimos meses se han publicado bastantes libros sobre el mundo rural español, algunos con bastante éxito, como La España vacía, de Sergio del Molino, y Los últimos, de Paco Cerdá. Este volumen reúne los artículos que el prestigio periodista Alfonso Armada (Vigo, 1958), editor de la revista Fronterad, corresponsal de guerra y colaborador del ABC, escribió a propósito de dos viajes que realizó por España en 2011 y 2012. En esos dos viajes recorrió la geografía española de los pueblos del interior. Su objetivo era viajar por carreteras menores, humildes, “las que o nunca llegaron a nada o acabaron siendo relegadas por alguna autovía cercana”. Recorre carreteras y pueblos que están en los márgenes, que no son indispensables destinos turísticos, aunque muchos de ellos esconden auténticas joyas artísticas y gastronómicas.
            Como escribe Ignacio Martínez de Pisón en el prólogo, “la España que aquí se retrata ni siquiera despertaría la curiosidad de los profesionales de la modernidad”. De manera irónica, también se refiere a que estos artículos no forman ningún libro de autoayuda para neorruralistas.


            El viaje acerca a los lectores a la España abandonada, vacía, en vías de extinción. Pueblos situados en caminos perdidos que se van extinguiendo con el paso del tiempo y que se han vuelto invisibles. De manera breve, Armada se refiere a los lugares que visita, a las circunstancias personales de su llegada a estos sitios, las conversaciones que mantiene con todo tipo de personajes. Incluye sugerentes comentarios eruditos y estéticos, y también reflexiones de calado sobre el ritmo de la vida actual y el contraste que supone viajar a estos destinos silenciosos. La lista de los pueblos y provincias que recorren es muy amplia, lo que también contribuye a ofrecer una imagen plural de la vida cotidiana de tantas gentes que viven alejadas del mundanal ruido.
            El viaje comenzó con dos premisas: no visitar pueblos costeros (sólo del interior, aunque en alguna ocasión sí llega hasta el mar) y sólo pueblos y carreteras de mala muerte y secundarias.

Por carreteras secundarias
Alfonso Armada
Malpaso. Barcelona (2018)
400 págs. 22 €.

lunes, 26 de marzo de 2018

“Dzhan”, de Andréi Platónov


Como otros muchos escritores soviéticos, Andréi Platónov (1899-1951) tuvo serios problemas con las autoridades para que se publicasen sus obras. A partir de 1927 se traslada a Moscú (había estudiado Ingeniería Electrotécnica y había trabajado en diferentes proyectos en la Rusia central) con el fin de dedicarse a la literatura. En la época final de la NEP (Nueva Política Económica), que trajo apertura a todos los ámbitos, también el literario, Platónov escribió dos de sus obras más importantes, Chevengur y El faro, que sin embargo no recibieron la oportuna autorización para ser publicadas (de hecho, Chevengur no se publicó de manera completa en la URSS hasta 1988). La persecución contra Platónov, por orden de Stalin, fue especialmente fuerte a partir de 1931, aunque se relajó durante la Segunda Guerra Mundial (pudo ser corresponsal de guerra) y después consiguió publicar algunos relatos, aunque nuevamente fue censurado hasta su muerte en 1951. Su conflictiva relación con el régimen y las represalias que tuvo que padecer las cuenta muy bien Vitali Shentalinski en su libro La palabra arrestada (Galaxia Gutenberg, 2018), volumen dedicado precisamente a las persecuciones que sufrieron destacados escritores soviéticos, todos de la talla de Platónov.
            La editorial Fulgencio Pimentel recupera en esta edición la versión íntegra y original de Dzhan, que escribió en 1935 y cuya publicación tuvo un azaroso periplo, pues en vida del autor solo se publicó un fragmento en una revista en 1938. La novela recorrió diferentes revistas y Platónov fue haciendo cambios con el fin de adaptar su obra al pensamiento literario de la época y recibiese así su aprobación para ser publicada. Así, añadió algunos capítulos y alteró incluso el final de la novela. Ni así se publicó. La primera vez que se editó en la URSS apareció en una revista de Kazajistán en 1964, aunque los editores incluyeron numerosos cortes y alteraciones arbitrarios. Las sucesivas ediciones de la obra aparecieron con los añadidos y cambios de esta edición, incluso en las obras completas del autor. Hasta 1999 no se restituyó el texto original, que ahora es el que se traduce al castellano, aunque como apéndice se incluyen los capítulos añadidos que figuran en otras ediciones (como las que se habían hecho en España con anterioridad).
            La novela cuenta el viaje que hace Nazar Chagatáyev a su tierra natal después de haber abandonado a su familia hace quince años. Nazar ha finalizado recientemente sus estudios en el Instituto de Economía de Moscú. En una fiesta de despedida de sus años como universitario, conoce a Vera, licenciada en Química, con la que contrae matrimonio a pesar de ella estar embarazada y tener también una hija adolescente, Knesia, de un matrimonio anterior. Nadar recibe el encargo del Partido de viajar de nuevo a su pueblo con el fin de introducirlo en el socialismo. Abandona a Vera y viaja hasta Taskent, y de allí se dirige a la región de Sariqamish, a Ust-Urt y al delta del Amu Daria donde puede encontrarse el pueblo nómada del que él procede.
            Se trata de un pueblo sin nombre al que sus habitantes llaman Dzhan, que puede significar, como señala la traductora, “alma que busca la felicidad”, “una de las abundantes expresiones persas adoptadas por las lenguas túrquicas de Asia Central”. Para Nazar, son “gente que había huido, huérfanos de todas partes y esclavos viejos y enfermos, a los que habían echado (…) También vivían hombres que no conocían a Dios, que se burlaban del mundo”. Dhzhan es un miserable pueblo nómada de diferentes nacionalidades: karakalpakos, uzbekos, kazajos, persas, kurdos, balichis y “gente que había olvidado de dónde era”.
            Nazar se reencuentra con ellos y su madre, Gulchatái, y se plantea conducirlos hacia el socialismo. Como le han dicho sus jefes del Partido, “tu pueblo ya ha estado en el infierno, que viva ahora en el paraíso”. Pero lo que viene a continuación no es precisamente, de entrada, el ingreso de este pueblo en la sociedad del bienestar comunista. Nazar los acompaña por un periplo que es toda una pesadilla existencial. Recorren desiertos sin agua y sin alimento, sobreviviendo de milagro, con imágenes y escenas absolutamente desquiciadas y oníricas, pues la miseria de vida y el sentido nómada del pueblo hacen casi imposible tomar decisiones. Al final, sin embargo, consiguen una cierta estabilidad gracias a la ayuda de las autoridades y Nazar decide regresar a Moscú.
            Con este relato, Platónov pretendía fundir el mundo oriental y occidental. El viaje que realizó a Turkmenistán en 1934, antes de escribir esta novela, le dejó totalmente fascinado por el paisaje que vio y las vidas de sus habitantes, alejadas de la uniformidad de otros pueblos soviéticos. A diferencia de la literatura oficial, que juzgaba estos pueblos como despojos inservibles para el socialismo, Platónov ve en ellos una esencia difícil de abarcar y encerrar en una novela. Y también intenta –era la mentalidad oficial de aquellos años, imposible de no tener en cuenta- fundir estos pueblos con los anhelos socialistas, como sucede en la novela, que se pone al servicio de Stalin, aunque de una manera tan sui generis que las autoridades recelaron del mensaje de esta novela.
            Lo más interesante es ese viaje a ninguna parte por caminos inhóspitos; la relación del protagonista con su madre y otros miembros de este pequeño pueblo nómada; el estilo sonámbulo de unas vidas despojadas de dignidad; las escenas delirantes y primitivas de hambre y sed y de pobreza absoluta; la actitud ataráxica de este pueblo, que acepta la desolación como escenario vital. Nazar les lleva el socialismo, que en la novela es sinónimo de felicidad, pero no parece que sea un anhelo de este pueblo, que prefiere mantener su identidad nómada y miserable.


Dzhan
Andréi Platónov
Fulgencio Pimentel. Logroño (2018)
250 págs. 19,95 €.
Traducción: Amaya Lacasa.

sábado, 24 de marzo de 2018

“Historia del huérfano”, de Andrés de León


La profesora Belinda Palacios, filóloga peruana, escribió su tesis doctoral sobre este libro inédito, escrito en 1621, que no llegó a publicarse en su momento y que cuenta las andanzas de un español por las tierras coloniales y por España e Italia. El libro estaba preparado para editarse, pero al final no se publicó, quizás porque su autor, Martín de León (1584-1655), hombre que hizo una importante carrera eclesiástica, consideró inoportuna su publicación, a pesar de que iba a aparecer con el seudónimo con el que ahora se ha publicado por vez primera, Andrés de León.
            Belinda Palacios ha preparado su edición en la prestigiosa Biblioteca Castro. El libro contiene una cuidada e imprescindible introducción que explica todos los pormenores de un manuscrito que tiene una elevada calidad literaria y que puede compararse a otros testimonios de la literatura española del siglo XVII y de la literatura colonial. Estamos, pues, ante una gran noticia filológica y para el ámbito de la historia de la literatura. En su introducción, se cuentan los pormenores del manuscrito, una copia ya preparada para la imprenta, que finalmente fue adquirido por el bibliófilo americano y fundador de la Hispanic Society, Archer Milton Huntington (1870-1955).   Esta novela es una obra de ficción que está escrita a modo de biografía real. No se cuenta la vida de su autor, Martín de León, aunque muchas cosas coinciden y puede que se inspirase en algunos sucesos biográficos para su redacción. Martín de León también estuvo en las Indias, en Lima, en 1612, pero regresó a España y fue nombrado por Felipe IV obispo de Pozzuoli y después Arzobispo de Palermo, donde falleció en 1655. Fue un eminente religioso, hombre de Iglesia, y también un político de fama muy reputada, pues le tocó lidiar en un territorio convulso, el Virreinato de Sicilia.
            Belinda Palacios piensa que escribió este libro entre 1608 y 1616, cuando su autor se encontraba en las Indias. El libro narra las aventuras de un joven apodado el Huérfano porque a los 14 años abandonó su Granada natal para trasladarse a las Indias. Allí participó en episodios militares de la conquista del Nuevo Reino de Granada; viajó después a Trujillo y a Lima. Allí tienen lugar un episodio clave de su vida: se refugió en un convento para huir de una disputa y, al final, tomó los hábitos de agustino. Fue ordenado después en Bogotá, aunque años después fue expulsado de la orden por el provincial de Santafé sin que se expliquen muy bien las causas. Para buscar el perdón del Papa y solicitar su reingreso en la orden, decide viajar de nuevo a España.
            Su viaje es muy accidentado. Cuando se encontraba en Puerto Rico fue testigo del ataque del pirata Francis Drake a la isla. En Cádiz, también vivió el asalto de los ingleses, que destruyeron la ciudad. Se trasladó a Madrid –donde vivió algunos episodios desagradables que le afectaron profundamente- y, por fin, viajó a Roma, donde consiguió el perdón papal. Regresó a Lima.


            Sorprende el aire de vida y de verosimilitud de todo el libro, escrito con el lenguaje de la época y con algunos recursos literarios que hoy día están desfasados, como la hinchazón retórica y la profusión de poesías laudatorias. Sin embargo, el testimonio es de primera magnitud, pues gracias a él, como escribe la autora de la edición, tenemos una “visión global y completa de la vida a comienzos del siglo XVII, especialmente del interior de las colonias españolas”. Su testimonio histórico es muy valioso, pues al realismo en las descripciones y los personajes hay que sumar la fidelidad a los ingredientes históricos.
            La novela es de su tiempo. Participa de los géneros que estaban más de moda: hay algo de crónica histórica, de relato picaresco, de biografía, de crónica de viajes, de relatos de cautiverio… La autora destaca su adscripción a dos géneros en boga: la biografía novelada y ficticia y la novela bizantina. Del primero, resalta el relato fidedigno de aquella época y de los lugares donde vivió; de lo segundo, la profusión de peripecias que vive el autor, quizá demasiadas, como era normal en la novela bizantina, donde se daban naufragios, luchas, aprisionamientos, fugas, encuentros con piratas, cautiverios, etc. Su estrecha relación con la literatura de la época demuestra también que su autor, Martín de León, era un profundo conocedor de la literatura de su tiempo que estaba en boga tanto en España como en Lima.
            Y no faltan en el libro tampoco, y esto puede ser una novedad, críticas a la política española y a la manera en que se maneja la administración de las colonias desde la península. Incluso hay una explícita denuncia de cómo se trata y explota a los indios en algunos lugares. Hay pues, en el libro, una incipiente conciencia criolla que también merece destacarse.


Historia del huérfano
Andrés de León
Biblioteca Castro. Madrid (2018)
394 págs. 42 €.

sábado, 17 de marzo de 2018

“Setenta días en Rusia. Lo que yo vi”, de Ángel Pestaña


Ángel Pestaña (1886-1937), secretario general de la CNT en 1929 y también desde 1930 a 1932, fue uno de los fundadores en 1932 del Partido Sindicalista (1932). Además, fue diputado por Cádiz en las Cortes Generales y desempeñó otros muchos puestos ligados a su actividad anarquista, por la que estuvo en prisión y hasta sufrió un atentado en 1922 por parte de pistoleros del Sindicato Libre. En 1917, fue nombrado director del diario Solidaridad Obrera, órgano oficial de difusión de la CNT. Escribió muchas críticas periodísticas y textos autobiográficos.
En 1919, la CNT, en el Congreso de la Comedia, le eligió, junto con otros dos compañeros, para que viajasen a la URSS y presentar la adhesión de la CNT a la Internacional Comunista de Moscú. Su viaje coincide con otros muchos que en esas mismas décadas realizaron políticos, sindicalistas, empresarios, escritores, etc., españoles y extranjeros. En 2016 se publicó el ensayo El espejo blanco (Fórcola), en el que se cuentan estos viajes y quiénes los realizaron, que el escritor Giménez Caballero describió de manera irónica como “de romería a Rusia”. También hablo de estos viajes en el capítulo Paraíso e infierno de mi libro Cien años de literatura a la sombra del Gulag (Rialp, 2017).
 Inició Pestaña su viaje en 1920 y tres meses después llegó a la URSS. Fue el único de los tres miembros de la CNT al que se le permitió la entrada. Además de esta concreta intención política, Pestaña viajó para “tener el conocimiento más exacto de la verdadera situación de Rusia”, clave para los futuros movimientos políticos de la CNT en España.
Llegó a Petrogrado en 1920. Durante el viaje en tren hasta la capital en ese momento de Rusia le llamó mucho la atención la profusión de retratos de Marx, Lenin y Trotsky y el desmedido uso de la propaganda, pues había gramófonos por toda la ciudad en los que se retransmitían discursos, como el de Trotsky en el frente de batalla. Sobre los innumerables bustos de Marx que ve por todos los lados, dice  que el régimen ha sucumbido a la “copiosidad fetichista”.


El ambiente que vio en la ciudad era de cambio y a la vez de espera, ya que todavía no había finalizado la guerra civil. La guerra sirvió al régimen para decir al pueblo que debía apretarse el cinturón al máximo y no exigir nada, y menos todavía libertades. Ahora, decían por todos los lados, era el momento de “sufrir”. Pestaña, observador privilegiado, palpa en las calles muy poca alegría por los logros políticos de la Revolución. Al contrario, por todos los lados le sorprende la tristeza, el silencio impenetrable, la sensación de tedio.
En Petrogrado se encuentra con Victor Serge, con quien había coincidido en Barcelona. En las conversaciones privadas que mantienen, Serge se mostró crítico con el régimen (años después sería purgado y desterrado y consiguió salvar su vida gracias a la presión internacional). A los pocos días,pestaña viajó a Moscú para asistir al Tercer Congreso de la Internacional y a la Internacional Sindical Roja. En el viaje coincidió con Zinóviev, presidente de la Tercera Internacional y miembro del Comité Político del PCUS. En sus conversaciones hablan del papel del Estado, que para los comunistas es la piedra angular del régimen y que Pestaña juzga con cierto resquemor anarquista: “aquí hay un patrono, el Estado; y un proletariado; el pueblo”. En Moscú, además de los actos a los Congresos, tuvo tiempo para pasar unos días de excursión por el Volga, que Pestaña describe de manera crítica, pues mientras observa la angustia y la pobreza que palpa por todos los lados, en este viaje con otros políticos reciben múltiples y estupendos agasajos y banquetes que considera desproporcionados.
En su libro, con mucho método, Pestaña pone por escrito sus observaciones de las visitas oficiales que realizan a determinados organismos de la URSS. Estas páginas resultan muy interesantes, pues Pestaña no es de los políticos que se dejan convencer fácilmente por los argumentos propagandísticos comunistas y cuestiona muchas de las realidades que le presentan, como la utilización partidista del sindicalismo, lo que según él supone su agonía y desaparición: “el sindicato no es un organismo al cual el obrero aporte su iniciativa individual, sino que es el Comité Ejecutivo quien piensa y ordena en nombre del sindicato”. En esta misma línea de democracia totalitaria, cuestiona el papel del Partido Comunista en el ejercicio del poder, lo que convierte a los comunistas en los únicos representantes de los trabajadores permitidos. No entiende tampoco las tarifas establecidas para dividir los salarios de los trabajadores, medida que a su juicio sólo fomenta la desigualdad.
Asiste a una fiesta multitudinaria  en la Plaza Roja, a la que asistieron, de manera obligatoria, unas 300.000 personas. Pestaña describe la organización del acto y destaca cómo hay un oficial destinado a “indicar al grupo de líneas los gritos y ¡hurras! Reglamentarios que había de lanzar”. Y concluye: “vimos aquello y nos invadió una gran tristeza. La farsa que allí se representaba no podía ser más indigna, ni más infame”.
Su análisis del país incluye también los sectores de la vivienda, la instrucción pública (donde también destaca el excesivo centralismo), el transporte ferroviario, el Comisariado del Trabajo, los Trenes de Propaganda, una visita oficial a la Oficina Central de Cooperativas… Sobre el campesinado, Pestaña vuelve a mostrar su lado más crítico: “las disposiciones del partido gobernante, más que a mejorar o desarrollar las instituciones y el espíritu comunista del campesino ruso, vinieron a ser una traba, un estorbo, un obstáculo que impedía su pleno desarrollo y desenvolvimiento”. Y afirma que las requisiciones obligatorias que se hicieron a los campesinos, junto con la existencia de la Checa (ya muy activa en el año 1920) son “las dos páginas negras de la política bolchevique”.
 Poco antes de regresar a España, después de setenta días en Rusia, tiene la oportunidad de entrevistarse con Lenin: hablan sobre el Estado, el comunismo y el anarquismo. Pestaña le comenta algunas cuestiones que ha observado y con las que se encuentra incómodo, sobre todo en lo que se refiere a la dictadura del Estado.
Sobre este viaje, Pestaña escribió un informe a la dirección de la CNT que marcó la pauta de las posteriores relaciones críticas entre los comunistas y anarquistas. Después, convirtió este Informe en dos libros que publicó sobre Rusia en la editorial Cosmos en 1924: éste y Setenta días en Rusia. Lo yo pienso. Así concluye su libro un observador muy agudo desde todos los puntos de vista: “Sin apasionamientos, sin sarcasmos, sin injurias, hemos relatado lo que vimos durante nuestra estancia en Rusia”.


Setenta días en Rusia. Lo que yo vi
Ángel Pestaña
Almuzara. Córdoba (2018)
218 págs. 19,95 €.

sábado, 10 de marzo de 2018

“Cómo llegamos a la final de Wembley”, de J. L. Carr


Un miserable pueblo rural de 547 habitantes, los sabios consejos del doctor húngaro Kossuth, la diplomacia del presidente Fangtoss y la calidad futbolística de Alex Slingsby y Sid Swift, la Estrella Fugaz, son los populares ingredientes de esta entretenida novela que cuenta la gesta de un desconocido equipo de fútbol de aficionados que consigue clasificarse para la final de la FA Cup, uno de los torneos más prestigiosos del fútbol británico. Para escribirla, J. L. Carr (1912-1994) se inspiró en un suceso biográfico de 1930, cuando fue maestro en un pueblo  parecido al de la novela, que publicó en 1975.
            Su narrador es el joven Gidner, que por casualidad ha acabado viviendo en ese pueblo para olvidarse de una experiencia pasada y pensar con tranquilidad en su futuro. Para mantenerse, cuida a una enferma de Steeple Sinderby y para integrarse en la aburrida vida de este pueblo se convierte en el secretario del equipo de fútbol, los Steeple Sinderby Wonderers. Además, escribe versos para tarjetones de felicitación y ha decidido también investigar a una de las glorias locales, el poeta campesino Thomas Dadds.
            No es un equipo que destaque ni que cuente con grandes figuras ni siquiera a nivel comarcal. Pero la decisión de participar ese año en la FA Cup les lleva a tomar importantes medidas para convertirse en un equipo competitivo, todo gracias a la ingeniosa ayuda del doctor Kossuth y la fuerza de voluntad de Alex Slingsby, el entrenador.
            La competición comienza y el equipo de los Wonderers se deshace con mucha facilidad de sus primeros locales, todos de pueblos próximos. Cuando se enfrentan con equipos profesionales, el nivel sigue siendo el mismo, ganando a veces con una pasmosa facilidad. De ser un equipo desconocido, se convierte en el centro de interés periodístico de Gran Bretaña durante los meses que hacen historia.
            Gidner no es ni un experto futbolístico ni tampoco un escritor de crónicas deportivas. A él más que el fútbol le interesa lo que le rodea: los “dramas domésticos” del pueblo y lo que pasa en las vidas de sus habitantes cuando acaban los partidos y tienen que asumir la fama y la desbordante popularidad.
Y Gidner recoge todo esto con amabilidad, con muchos toques humanos y costumbristas, con algunas historias colaterales algo excéntricas que tienen como protagonistas a los habitantes de Steeple Sinderby, un pueblo que tampoco aparece idealizado sino que se habla del barro, la niebla, los árboles que gotean, la oscuridad, las inundaciones, las fuertes ráfagas de viento. Pero en su camino hacia la final de Wembley, son conscientes de que están viviendo una experiencia muy especial que difícilmente se repetirá. Como concluye Gidner, “ya no éramos los mismos que un año antes”.


Cómo llegamos a la final de Wembley
J. L. Carr
Tusquets. Barcelona (2018)
206 págs. 17 €
T.o.: How Steeple Sinderby Wonderers Won the FA Cup.
Traducción: Puerto Barretabeña Diez.

jueves, 1 de marzo de 2018

“Mar Blanco”, de Claudio Giunta


Al igual que Umberto Eco, con quien se le compara, Giunta es un escritor que procede del mundo universitario. Ha publicado numerosos trabajos de investigación literaria, algunos de ellos sobre la obra de Dante.
            Mar Blanco es una novela que combina el thriller con la novela psicológica y costumbrista. La trama de la novela se centra en la desaparición de tres italianos en las Islas Solovkí, en Rusia, famosas por su famoso monasterio ortodoxo y por ser uno de los primeros gulag del comunismo soviético. Los tres, metidos en la treintena, amigos de toda la vida, van a pasar unas semanas como voluntarios en un proyecto que patrocina la UNESCO para reconstruir el famoso monasterio. Sin embargo, cuando tienen que regresar, no aparecen y nadie sabe absolutamente nada de su paradero.
            “No se puede desaparecer sin dejar rastro, sobre todo en una isla”. En Italia, el caso se convierte en uno de esos sucesos mediáticos que salen por todos los lados. Pero las investigaciones no avanzan nada y poco a poco la gente se olvida del destino de las tres víctimas. Solo un periodista, Alessandro Capace, intenta mantener vivo este asunto con sus colaboraciones en la revista Fatti. Incluso viaja a la isla para comprobar la realidad que vivieron los desaparecidos y explicar mejor qué es lo que ha podido haber pasado.
            Pero la trama de la novela es la excusa para lo fundamental de la novela: el análisis que hace el autor de un personaje que representa un arquetipo generacional. Capace, licenciado en Políticas, ha publicado alguna novela y ahora trabaja como periodista ocasional, sin que consiga la estabilidad profesional que necesita para asentarse en la vida. Está separado de Gaia y tiene un hijo pequeño, al que apenas hace caso, aunque durante la novela le atormenta ese desapego que no sabe cómo solucionar. Vive en Florencia, ciudad asediada por los turistas donde hay también una acomodada clase burguesa y un mundo universitario gris y estéril. Ahora tiene una relación con Julia, antigua compañera de universidad, de origen ruso, quien también le acompaña a su viaje a las islas Solovkí.
Giunta, sirviéndose de la voz de Capace, realiza un ajuste de cuentas con el periodismo sensacionalista, con los anhelos de su generación, con las tibias relaciones personales, con los intereses egoístas camuflados. El tono es ácido y no se libra casi nadie de la sátira: la vida matrimonial, su propia familia, su exmujer, su suegro católico, el periodismo, la vida universitaria… Capace se presenta como un francotirador cultural descreído de casi todo que busca a su alrededor comprensión, coherencia y autenticidad.
            Al final, con la excusa de buscar el oscuro destino de Fabio, Francesco y Enrico, Alessandro Capace intenta encontrarse a sí mismo, viajar a su desasosegado y deslavazado mundo interior.



Mar Blanco
Claudio Giunta
Alfaguara. Barcelona (2018)
328 págs. 19,90 €.