sábado, 18 de marzo de 2017

“Retiro”, de Serguéi Dovlátov


La editorial Fulgenio Pimentel inicia con Retiro la publicación de las obras del escritor ruso Sergué Dovlátov (1941-1990). Nació en la localidad de Ufa (en los Urales), aunque se educó en Leningrado. Su padre, judío, fue director de teatro y su madre, armenia, fue actriz. Dovlátov estudió en una Escuela de Arte, trabajó en una imprenta y se matriculó en la Facultad Estatal de Leningrado para estudiar finés. Estuvo apenas dos años en esa facultad, de la que fue expulsado; a continuación, fue llamado a filas. Estuvo tres años de soldado, uno de ellos como guardián de un campo de prisioneros en la República de Komi (experiencia que sería la base autobiográfica para su novela La zona). En 1965, vive en San Petersburgo y ya ha decidido ser escritor. Son años de bohemia y precariedad, de múltiples empleos ocasionales. Ha decidido, además, sobrevivir –como escribe Lino González Veiguela en el ensayo biográfico que acompaña esta edición- en los márgenes del sistema, evitando la confrontación directa con el régimen pero sin plegarse a sus imposiciones artísticas e ideológicas”. A la vez, comienza también su autodestructiva relación con el alcohol.
            A pesar de ser un escritor de reconocido prestigio, no recibe la autorización para que se publiquen ninguna de sus obras. Como no estaba afiliado al Partido Comunista, era un escritor sospechoso y disidente. Sus obras circulan clandestinamente en samizdat., también en el extranjero. En 1971, se divorcia de su mujer, con la que ha tenido una hija, Katia. Para ganarse la vida, se traslada a Estonia para trabajar como periodista (este es el tema de su divertidísima novela El compromiso, “un alegato contra la estupidez”, en palabras de Pedro de Miguel, autor de la reseña publicada en Aceprensa). Allí está a punto de publicar algunos de sus relatos, pero el KGB interviene y prohíbe su publicación. Cuando es despedido, regresa a Leningrado, donde siente muy cerca la persecución del KGB. Para poner tierra de por medio, decide trasladarse una temporada para trabajar como guía en el museo Pushkin, argumento de esta novela.
            En 1977 se exilian a Estados Unidos su exmujer y su hija. Poco tiempo después, es detenido por el KGB. Gracias a una campaña de apoyo en Occidente, pudo abandonar la URSS a finales de 1978. Tras seis meses en Viena, se reunió en Nueva York con su exmujer, su hija y con el escritor también exiliado Joseph Brodsky, amigo suyo, quien le facilitó que el prestigioso The New Yorker publicase algunos de sus relatos. Murió en 1990 de un ataque al corazón.
            En España se habían publicado ya algunas de sus obras, como Los nuestros, La maleta, El compromiso y La extranjera. A pesar de recibir elogiosas críticas, y aunque su prestigio no para de crecer, sigue siendo un escritor muy minoritario. Confiemos en que la reedición de sus obras en esta editorial de Logroño sirva para que Dovlátov ocupe el lugar que se merece en la literatura rusa contemporánea. Su obra, de gran calidad literaria, entronca con lo mejor de Pushkin y Chéjov y conecta con la larga tradición de escritores satíricos rusos: Nikolái Gógol, Iván Goncharov, Ilf y Petrov, Mijaíl Zóschenko, Isaak Bábel, Mijaíl Bulgákov y, entre otros, Vladímir Voinóvich. Dovlátov optó por la ironía y el sarcasmo para enfrentarse con la realidad.
            En Retiro, como en la mayoría de sus obras, se inspira en su propia vida. Como hemos dicho, Dovlátov trabajó durante unos meses en el museo Pushkin como guía, un lugar a donde Pushkin tuvo que exiliarse durante dos años por orden del zar Alejandro I, entre 1824 y 1826, como condena por haber escrito unos versos satíricos. En su novela, su protagonista, Borís Alijánov, álter ego del autor y protagonista también de una novela anterior, La zona, cuenta las peripecias vitales para encontrar este trabajo y para vivir en una zona muy apartada, donde esperaba ahorrar algo de dinero y, también, interrumpir su entrega obsesiva al alcohol (lo que no consigue). El relato de sus días en este apacible museo se interrumpe con la llegada de su mujer, que le cuenta que ha decidido emigrar a Estados Unidos.
            La peripecia narrativa es mínima, pero suficiente para que se desplieguen las habilidades narrativas de Dovlátov; lo mejor es el estilo, diáfano y familiar, totalmente despojado de la habitual retórica comunista, que había creado un estilo paraliterario, muy presente en la literatura del realismo socialista. También hay que destacar su sentido del humor y sarcasmo para retratar a personajes que proceden de la realidad sociológica de su país, donde son bien visibles las huellas del comunismo más rancio. Para Dovlátov, “el horror del estalinismo no es tanto que millones de personas fueran asesinadas. El horror del estalinismo consiste sobre todo en el hecho de que una nación entera fuera corrompida moralmente”.  
            Dovlátov quiso en esta novela, escribió a su editor,  “representar a un personaje literario cuyos problemas son similares a los que tuvo Pushkin: el dinero, su mujer, el trabajo creativo y el Estado”.


Retiro
Serguéi Dovlátov
Fulgenio Pimentel. Logroño (2017)
218 págs. 19,90 €
T.o.: Zapovednik.
Traducción: Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea.

sábado, 11 de marzo de 2017

“Atrapados en la Revolución rusa”, de Helen Rappaport


La escritora inglesa Helen Rappaport (1947), especialista en la Inglaterra victoriana y en la historia de Rusia (uno de sus últimos libros publicados ha sido Las hermanas Romanov, Taurus, 2015), describe los meses transcurridos desde la Revolución de Febrero a la Revolución de Octubre, centrándose en los testimonios de un buen grupo de extranjeros (especialmente ingleses y norteamericanos) que vivían en Petrogrado, la capital por entonces del imperio zarista, donde tuvieron lugar unos hechos históricos que, con palabras del periodista norteamericano John Reed, uno de estos testigos, “estremecieron al mundo”.
            Para escribir este minucioso ensayo, la autora ha realizado un importante trabajo de investigación, acudiendo a las fuentes personales -diarios, cartas, libros de memorias, fotografías, películas…- que se conservan de esta colonia de extranjeros formada por  periodistas, diplomáticos, hombres de negocios, banqueros, institutrices, enfermeras y socialistas expatriados. Consigue así Rappaport presentar en las páginas de este libro una imagen poliédrica de aquellos sucesos, con los que supera las impresiones parciales de un solo individuo, a menudo condicionado por sus opiniones ideológicas. Es lo que piensa la autora de uno de los testimonios más populares sobre la Revolución, el que publicó el periodista John Reed en 1919 y que tanta influencia tuvo y ha tenido, Diez días que estremecieron al mundo, escrito desde la mirada izquierdista del autor, al que algunos colegas consideraron “un juguete en manos de la máquina propagandística bolchevique”.
            Tras la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, la colonia autrohúngara y alemana abandonó el país en 1914. En Petrogrado, era muy numerosa la presencia de ingleses, franceses y, en menor medida, de norteamericanos. Los ingleses, por ejemplo, eran propietarios de numerosas industrias importantes desde hace varias generaciones. Vivían en residencias y clubes exclusivos, participando activamente en la espumosa vida social y diplomática, que lideraban el embajador francés, Maurice Paléologue, el inglés, George Buchanan, y el norteamericano, David R. Francis.


Aunque se mantenía una vida disipada en estos reducidos círculos, ya se palpaba en la ciudad, a lo largo de 1916, un generalizado ambiente de desolación. Las dramáticas consecuencias de la negativa marcha de la guerra eran bien visibles en las condiciones de vida de la mayoría de la población. El desabastecimiento provocaba numerosas colas para poder recoger los escasos alimentos disponibles. Este ambiente de descontento incendió un clima revolucionario en los barrios obreros que se incrementó a medida que pasaban los meses por las consecuencias del hambre, las huelgas, las bajas temperaturas… y la agobiante represión de la policía zarista. Como escribe la autora, “la llama de la revolución había prendido entre los manifestantes hambrientos de la avenida Nevski y los huelguistas”. Y reproduce una de las pancartas de estas manifestaciones: “Os pedimos pan y nos disteis balas”.
            La situación comenzó ya a ser insostenible. Proliferaron las acciones violentas y los enfrentamientos en las calles, auspiciados por los grupos de izquierda, que multiplicaron su actividad en esas semanas claves. La radicalización política, especialmente entre los miembros del Soviet, fue a más. Los extranjeros –sobre quien apoya su relato la autora- vivieron aquella situación confusos, atemorizados, escondidos en sus viviendas, intranquilos. El zar parecía ausente y desbordado, más preocupado por la marcha de la guerra que por la creciente e interna inestabilidad política. Al final, todo estalló y el zar se vio abocado a la abdicación. La Revolución de Febrero, más violenta de lo que algunos comentaron, había culminado con un repentino cambio de gobierno que, a pesar de las advertencias, cogió por sorpresa a los más destacados representantes de la diplomacia.


            Pero los observadores políticos intuían que el clima revolucionario no se calmaría sino que se iniciaba a partir de ese momento un proceso todavía más peligroso. El nuevo régimen propició el regreso de miles de exiliados, unos desde Siberia y otros, como Lenin y tantos políticos de extrema izquierda, desde Europa. La llegada de Lenin (su viaje fue financiado por el Estado Mayor alemán) impulsó el papel del partido bolchevique, “una minoría compacta” –no la más numerosa- que mostraba un programa político bien definido, al contrario que el resto de partidos con presencia en una Duma cada vez más sobrepasada por los acontecimientos.
Tras meses en los que Aleksandr Kerenski intentó dominar los acontecimientos para evitar una nueva Revolución, el Gobierno Provisional fue depuesto por los bolcheviques, que se hicieron con el poder por la fuerza. La autora finaliza su libro con la descripción de los primeros meses del nuevo Gobierno: firmó el armisticio con los alemanes, aprobó la abolición de la propiedad privada y, de un plumazo, suprimió la incómoda libertad de expresión, además de crear en el mes de diciembre la policía política de la Cheka (sucesora de la Ojrana, la policía secreta zarista), que instauró un régimen de terror contra aquellos que fueron considerados enemigos del partido bolchevique.
            Con muchísimos detalles, citas, impresiones, valoraciones… que proceden de la numerosa documentación empleada, la autora reconstruye aquellos momentos desde la variada perspectiva crítica de unos ciudadanos extranjeros que vieron cómo muchos de ellos perdieron absolutamente todo en la Revolución y que pasaron en poco tiempo de fieles aliados a convertirse, salvo excepciones, en enemigos perseguidos por el poder bolchevique.


Atrapados en la Revolución rusa
Helen Rappaport
Palabra. Madrid (2017)
480 págs. 24,50 €
T.o.: Caught in the Revolution: Petrograd, Rusia, 1917.
Traducción: Diego Pereda.

domingo, 5 de marzo de 2017

“Un largo etcétera”, de Enrique García-Máiquez


Profesor, articulista y poeta, Enrique García-Máiquez (1969) es también autor de varios volúmenes de diarios y de libros de aforismos (como Palomas y serpientes). En Un largo etcétera vuelve a reunir las entradas de su blog “Rayos y truenos” que van desde 2011 hasta 2016. En este sentido, esta nueva entrega es una continuación del estilo y de los principales temas de sus volúmenes anteriores, Lo que ha llovido y El pábilo vacilante.
Mantener un blog literario supone constancia y periodicidad. También inmediatez y actualidad. A diferencia de otros autores que también utilizan asiduamente el diario como vehículo de comunicación, Enrique García-Máiquez ofrece una imagen más poliédrica, pues se opta descaradamente por la transparencia. Más aún: el autor tiene una especial predilección por los pormenores de su vida doméstica, su ocupación más obstinada y perseverante. Podía haber utilizado estos diarios solamente para hablar de libros y de literatura, que también lo hace, pero si solamente hubiese hablado de cuestiones eruditas hubiese proporcionado una imagen irreal de su persona, nos hubiésemos topado con una máscara. Al contrario, la imagen que quiere ofrecer de sí mismo es más amplia, más humana y más real. Esta característica le convierte en un escritor próximo, con el que resulta fácil identificarse por la cercanía de las preocupaciones y acciones que transmite.
Con pasmosa naturalidad, García-Máiquez muestra cómo es y lo que hace. Es profesor en un Instituto, donde en los últimos años ejerce de Jefe de Estudios. En su diario habla sin avasallar, de algunas anécdotas de sus alumnos, de la marcha de las clases, de cuestiones burocráticas… El tono –y es lo normal en estos diarios- es siempre positivo, sin lamerse las heridas, sin ofender, sin destacar solamente los asuntos más turbios o negativos. La misma sensación tenemos cuando habla de su vida social y de sus numerosas actividades literarias: lecturas, viajes, presentaciones de libros, conferencias… No vemos en el autor un afán por descuartizar a otros escritores ni al mundo literario en general. También aparecen en estos diarios fragmentos y poesías, aforismos, haikus de su cosecha… y citas oportunas de sus autores preferidos, que, como las composiciones que reproduce, tienen su origen en el devenir de la propia vida. También son constantes las referencias a su visión religiosa de la vida, que no es algo decorativo o superfluo sino que impregna su actividad cotidiana.
Los temas que más aborda en estos diarios son los familiares. García-Máiquez no quiere perderse ninguna reacción ni respuesta de sus dos hijos pequeños, y son constantes las referencias a las palabras de sus hijos a preguntas, sucesos, anécdotas a las que el autor sabe sacar punta literaria y familiar. También aparecen emotivos recuerdos de sus padres y constantes referencias a su mujer. Todo ello aderezado de bastante sentido común y del humor. Por su naturalidad y normalidad, estos diarios, vitales y optimistas, resultan muy novedosos, pues son la antítesis de lo que en muchas ocasiones se acaba convirtiendo la literatura memorialística: en el engolado y atormentado recuento de la frustración, la derrota, el desastre…, temas ya explotados hasta la extenuación.
  

Un largo etcétera
Enrique García-Máiquez
Númenor. Sevilla (2016)
180 págs. 15 €

domingo, 26 de febrero de 2017

“La España vacía”, de Sergio del Molino


Original libro en el que se mezclan diferentes géneros (libro de viajes, de recuerdos, investigación periodística, ensayo histórico…) y que tiene como principal objetivo analizar algunos aspectos de la actual demografía y geografía españolas y su incidencia en el imaginario colectivo. Escritor y periodista, Sergio del Molino (Madrid, 1979) habla de la España vacía, de la cantidad de pueblos abandonados dispersos por la geografía española, del peso de lo rural en la historia de España… No lo hace como un ensayo ortodoxo sino que, como el mismo escribe, se deja llevar por “hipótesis fantasiosas y heterodoxias muy variadas”.
Su técnica consiste en no abordar de manera directa el principal tema del libro, el abandono del campo y de lo rural, sino que al hilo de reflexiones sobre la película española Surco, de 1951, o de la aparición de la novela de Miguel Delibes en 1978 El disputado voto del señor Cayo, o de la también novela de Julio Llamazares La lluvia amarilla, en 1988, o del documental de Luis Buñuel de 1932 dedicado a Las Hurdes, se muestra cómo desde diferentes perspectivas y manifestaciones se ha reflexionado sobre “el menosprecio de corte y alabanza de aldea” y al revés.



El libro tiene partes de memorialismo, como cuando el autor recuerda su trabajo como periodista en Zaragoza y sus frecuentes incursiones a los pueblos de la provincia para cubrir alguna noticia o reportaje, como el asesinato del alcalde del pueblo de Fago, suceso que le da pie para hablar del neorruralismo. Y hay también en este ensayo referencias a escritores jóvenes que están recuperando otra mirada en sus escritos, la que procede de manera natural del mundo rural, sin impostar. Se habla también de los sucesos de Puerto Hurraco, que remiten a una España negra y profunda que se sigue alimentando en los medios de comunicación. Y se citan también anécdotas de personajes famosos que se han servido de sus “inventados” orígenes rurales para conseguir estar más cerca de la gente (como fue el caso del alcalde de Madrid Tierno Galván). Y no podían faltar en este ensayo tampoco las visiones rurales de la España del 98, alimentadas especialmente por Unamuno, un consumado viajero.
            Para Sergio del Molino hay dos Españas: la urbana y la europea, la que vive en las grandes ciudades, y la España interior, rural y despoblada, que lo es más sobre todo a partir de lo que él llama el “Gran Trauma”, que fue el masivo éxodo rural que se dio en España de 1950 a 1970 y que dejó todavía más desamparado el mundo rural. Este proceso de abandono de lo rural no es instantáneo sino que se fue dando poco a poco a lo largo de los siglos hasta que, a mediados del siglo XX, “miles de aldeas desaparecieron y otras quedaron como residencias de ancianos”.
            Hay , pues, de todo un poco en este entretenido ensayo que, además, funciona muy bien como libro de denuncia del progresivo abandono del mundo rural español.


La España vacía
Viaje por un país que nunca fue
Sergio del Molino
Turner. Madrid (2016)
292 págs. 23 €.

miércoles, 15 de febrero de 2017

“Los últimos”, de Paco Cerdá



Reportaje periodístico que busca llamar la atención sobre un fenómeno demográfico conocido sobre el que se pasa de puntillas y que, año a año, continúa avanzando en su obstinado proceso de ocaso, silencio y desolación. Cerdá (1985) recorre en este libro la Serranía Celtibérica, un territorio que se extiende por diez provincias del interior de España, con zonas de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castellón. En total, una extensión de 65.000 km2 en la que solo viven 480.000 personas, es decir, 7,38 habitantes por kilómetro cuadrado (cuando la media de España es de 91,83).



Este amplio territorio está formado por 1.355 pueblos; de ellos, más de la mitad tienen menos de cien habitantes empadronados, aunque lo más seguro es que vivan bastantes menos que los que dicen las cifras oficiales. El fenómeno se extiende a otras zonas de España. Como acaba de publicar un Informe de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), que analiza el último padrón certificado por el INE, el de 2016, ya son 14 las provincias en las que más del 80% de sus municipios no pasan de mil empadronados. Como se apunta en el Informe, España perdió 67.374 habitantes; sin embargo, las pérdidas solo se produjeron en el mundo rural, pues la población de todas las capitales de provincia aumentó en 14.000 personas.
            Los últimos no es un sesudo ensayo sobre la situación de abandono y desamparo que se encuentra esta zona. Estamos ante un viaje periodístico que el autor realiza dando la voz a los auténticos protagonistas, los escasos y a veces singulares vecinos que todavía viven en estos lugares y que no huyeron a las grandes urbes en las décadas de la posguerra con la promesa de mayores y fáciles posibilidades económicas y vitales. De la mano de estos resistentes, se habla con realismo sobre las condiciones de vida en estos pueblos, los servicios mínimos con que cuentan y las posibilidades de realizar tareas y trabajos. No comparte el autor la visión idílica e irreal que pueden tener los que deciden abandonar las claudicaciones de las grandes ciudades para encontrar en estos pueblos la anhelada paz y tranquilidad. Cerdá opina que una de las soluciones a la desertización puede estar en este “neorruralismo”, siempre que se conozcan muy bien las posibilidades que ofrece cada pueblo y las dificultades que conlleva una vida solitaria, sin apenas vida social y con muy pocos, si los hay, servicios comunitarios.
            Las tranquilas conversaciones que tiene con estos vecinos, lo mejor del libro, son muy variadas y abordan diferentes perspectivas sobre la realidad y los problemas de lo que en el libro se denomina “la Laponia española”. Las conversaciones son francas, humanas, certeras, sencillas; muestran a las claras la realidad, plantean muchas preguntas y también se ofrecen soluciones, que pasan también por la implicación de las Administraciones (asunto complejo cuando, como sucede en esta ocasión, los lugares afectados pertenecen a diferentes Comunidades Autónomas).



            Aborda el autor un tema sociológico peliagudo, pero con connotaciones literarias y periodísticas muy atrayentes. Por ejemplo, la novela que ha dado más fama al escritor leonés Julio Llamazares es La lluvia amarilla, ambientada en un pueblo pirenaico pero inspirada en la desaparición del último habitante de un pueblo soriano; también el periodista y escritor Abel Hernández recreó en Historias de La Alcarama, y en posteriores títulos muy bien acogidos por los lectores, la vida en un pueblo ahora fantasma, Sarnago, en las Altas Tierras de Soria. Y Sergio del Molino, en un reciente libro, La España vacía (Turner), con muchos kilómetros a sus espaldas, reflexiona sobre esta dura realidad de la desertización del mundo rural.  
            “Demotanasia” es el nombre que se da en Los últimos a este proceso de abandono y muerte de tantos pueblos. Una zona al borde de la extinción, condenada al aislamiento y el olvido.


Los últimos
Paco Cerdá
Pepitas de Calabaza. Logroño (2017)
176 págs. 16 €.

domingo, 5 de febrero de 2017

“Medianoche en el siglo”, de Victor Serge


Vuelve a publicarse esta novela del belga Victor Serge (1890), hijo de exiliados rusos, revolucionario que se unió al Partido Comunista ruso en 1918, participó en la guerra civil rusa y desempeñó importantes puestos en el aparato del Partido hasta que, a partir de 1927, cayó en desgracia por sus posiciones trotskistas y su crítica de la deriva totalitaria del estalinismo. A finales de la década de los veinte, fue expulsado del Partido Comunista. En 1932 fue detenido por la GPU (antecedente del KGB) y tras pasar una larga temporada en las cárceles de Moscú fue deportado a Orenburg, en los Montes Urales. En 1936, una campaña internacional en su favor reclamó su liberación y ese año consiguió abandonar la URSS. Luego vivió en España, Bruselas y París hasta 1940, año en que se trasladó a México, donde llevó una existencia precaria hasta su muerte en 1947.
            Tras su expulsión del Partido Comunista, Serge se dedicó en parte a la literatura. Antes de ser detenido y deportado, publicó tres novelas (Hombres en prisión, Surgimiento de nuestro poder y Ciudad ganada), donde en clave novelesca hablaba sobre las dificultades por las que atravesó la Revolución hasta su triunfo final. Durante su deportación, escribió otras dos novelas que la GPU le requisó antes de abandonar la URSS. En el extranjero compaginó la redacción de su autobiografía (Memorias de un revolucionario) y libros políticos con otras novelas, entre las que destacamos Medianoche en el siglo, publicada en París en 1939, y El caso Tuláyev, novela que se publicó tras su muerte en 1947.
            Estas dos últimas novelas guardan muchos puntos en común pues las dos se refieren a las Purgas que se desataron en la URSS en la década de los treinta y que acabaron con ejecuciones, deportaciones y exilios de muchos dirigentes comunistas. La primera, Medianoche en el siglo, inspirada en la propia biografía del autor, tiene además el acierto de ser uno de los primeros testimonios sobre el Terror comunista en unos años en los que la propaganda soviética y el peso de los Partidos Comunistas en Occidente habían mostrado una imagen muy complaciente de los logros de la revolución rusa.
            Esta novela fue escrita entre 1936 y 1938, es decir, ya en el exilio y en pleno desarrollo de los juicios en Moscú contra figuras destacadas del Partido Comunista acusados de contrarrevolucionarios. La novela comienza con el arresto del profesor de Materialismo Histórico Mijail Ivanóvic Kostrov, acusado de cuestionar algunas ideas de la Revolución Francesa y, por lo tanto, de promover en sus clases ideas contrarrevolucionarias. Tras su detención, fue deportado a Chernoé, un pueblo ficticio de los Montes Urales, donde entra en contacto con otro grupo de intelectuales comunistas que también han sido detenidos y condenados a vivir en aquellas miserables tierras.
            La novela adopta una técnica coral. Comienza poniendo la lupa en Krostov, pero luego, tras su deportación, conocemos las trayectorias de otros presos –Ryjik, Rodion, Elkin, Varvara, Avelii- que también fueron revolucionarios de la primera generación (todos menos Rodion) y que sufrieron la represión por criticar la política de Stalin. Estos deportados mantienen unas reuniones clandestinas donde discuten sobre marxismo y comunismo y en las que consideran a Stalin y los miembros del Politburó traidores al espíritu genuino de la Revolución.
            Pero en Moscú y en toda la Unión Soviética arrecia la persecución contra el trotskismo, y hasta la lejana Chernoé llegan las directrices de arrinconar a los trotskistas y volvernos a mater en prisión.
            La concepción de la novela de Serge rechaza los estrechos límites del realismo socialista, tanto en los aspectos formales como de contenido. Sus novelas, de tesis, con mucho contenido político, se conciben como un testimonio de protesta contra lo establecido, rebelión que encarnan en su caso destacados dirigentes que son perseguidos por ser fieles a la auténtica causa comunista. Como le sucedió al propio Serge, que nunca renegó de sus ideales revolucionarios, lo que se cuestiona es la deriva tiránica del régimen de Stalin, alejada de lo que ellos consideran los auténticos valores del comunismo. De hecho, la parte final de la novela puede considerarse un canto a la esperanza, pues entre ellos incluso han surgido nuevos revolucionarios, alejados ya de las ideas oficiales, que están dispuestos a luchar por reconducir la Revolución.


Medianoche en el siglo
Victor Serge
Alianza. Madrid (2016)
296 págs. 18 €.
T.o.: S’il est minuit dans le siècle.
Traducción: Ramón García Fernández.

miércoles, 1 de febrero de 2017

“Lo que no puedo olvidar”, de Anna Lárina


Anna Lárina (1914-1996) fue la esposa de Nikolái Bujarin, uno de los grandes líderes de la revolución soviética, amigo personal de Lenin y uno de los candidatos a sucederle tras su muerte. En sus memorias, publicadas por capítulos en 1988 y en libro en 1989, Lárina, una joven intelectual educada en la órbita del Partido Comunista, cuenta su vida privilegiada como miembro de la “aristocracia” del Partido. Era la hija adoptiva de un destacado comunista de la Revolución, Yuri Larin, del que se cuentan muchas cosas en este libro; creció en el hotel Metropole, residencia de muchos líderes soviéticos. Desde pequeña conoció a Lenin y Stalin, y también a otros muchos protagonistas de la Revolución, como Bujarin, 25 años mayor que ella y muy amigo de su padre. Ella tenía 16 años cuando se comprometieron y 20 cuando se casaron. 


Pero más que las memorias personales de la autora, que también lo son (especialmente en lo que se refiere a su relación con su marido), este libro se centra en rehabilitar la figura del fykov y Mijail Tomski, s finales de 1927, en el XV Congreso del Partido Comunista. Sin embargo, junto con Aleksei Rluciritos estailósofo y economista, Bujarin, político que ocupó importantes puestos en el Buró Político del Comité Central del PCUS (el Politburó) hasta 1929. Con Stalin, contribuyó a derrotar a la denominada Oposición Unificada, de la que formaron parte Lev Trotski, Grigori Zinóviev y Lev Kaménev, que fue disuelta a finales de 1927, en el XV Congreso del Partido Comunista. Sin embargo, junto con Aleksei Rykov y Mijail Tomski, se opuso a la política económica que Stalin diseñó tras el periodo de la Nueva Política Económica (NEP), de la que fue su principal ideólogo y que se oponía a la colectivización agrícola forzosa que proponía Stalin. Desde entonces, fue acusado de opositor y cesado como miembro del Politburó, aunque siguió ocupando destacados cargos, como el de Secretario General del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista desde 1926 a 1935; editor, de 1934 a 1937, del periódico Izvestia, órgano de expresión oficial del Gobierno soviético; además de ser uno de los redactores de la nueva Constitución de 1936.
A partir de 1937, fue investigado por la NKVD y acusado de haber creado un bloque trotskista de derechas que perseguía, entre otros objetivos, la restauración del capitalismo. En uno de los famosos juicios de Moscú, fue condenado a la ejecución (en el mismo proceso, entre otros, también fueron condenados Rykov y Génrij Yagoda). Su condena arrastró también a su familia. Anna Lárina, con la que había contraído matrimonio en 1934, fue detenida, deportada a Astraján, luego en Tomsk (de camino, estuvo en las cárceles de tránsito de Saratov y Sverlovisk); posteriormente fue trasladada a la cárcel de Novosibirsks y Kemonovo y de allí fue trasladada a Moscú (permaneció tres años en una celda subterránea de la Lubiajka) y posteriormente condenada a Siberia hasta cumplir su condena de ocho años, aunque a partir de 1945 sufrió destierro en Siberia. Su hijo Yuri, de apenas un año cuando Bujaron fue detenido, fue enviado a un orfanato y no volvería a ver a su madre hasta casi veinte años después; también fue ejecutada la primera mujer de Bujarin, Nadezhda Lukiná (Burajin convivió después con la economista Esfir Gúrvich, con la que tuvo una hija, Svetlana). Tras veinte años de cautiverio en Siberia, Anna consiguió regresar a Moscú en 1959 y reunirse con su hijo Yuri en 1960.
             Sin embargo, este libro apenas cuenta su vida en el Gulag. No es esa la intención de Anna Lárina. A ella le interesa rescatar de su vida todo lo que tiene que ver con Bujarin. Por eso si aparecen muchos detalles de su vida en común los viajes que realizaron y, después, la agonía de su marido cuando fue comprobando lo que el Partido estaba preparando contra él. Antes de que fuera detenido, Bujarin le hizo aprenderse de memoria su “testamento” político, que ella conservó durante muchos años, repitiendo en las cárceles que frecuentó, y cuyo texto completo –un alegato sobre la inocencia de Bujarin y los positivos valores de la revolución rusa- no se publicó hasta los años de apertura de Mijaíl Gorbachov, en 1988, el mismo año que se publicaron estas memorias, que la autora comenzó a escribir en secreto después de su salida de la prisión (si el KGB hubiese descubierto este libro en una de sus pesquisas, hubiese vuelto a Siberia) y que fue completando a medida que tuvo acceso a documentos secretos sobre su marido, pues todos sus archivos y sus escritos estaban en posesión del KGB.
A la vez que escribía este libro, Lárina hizo todo lo que estuvo a su alcance para lograr la rehabilitación de su marido, con cartas a Nikita Jruschov (uno de los que apoyó las represiones de Stalin a finales de la década de los treinta) y a los sucesores líderes del Partido Comunista. El nombre de Bujarin, perseguido desde todos los frentes y considerado como uno de los peores enemigos de la Revolución, fue, sin embargo, recuperando su prestigio gracias a los estudios que se pudieron publicar sobre su persona, de manera muy especial la biografía que Stephen F. Cohen, profesor de la Universidad de Princenton, publicó en 1973 después de haberse entrevistado en secreto con Lárina durante la época de Breznev y que su hijo Yuri fue traduciendo en secreto al ruso hasta su publicación en Estados Unidos. Cohen es el autor de la introducción de Lo que no puedo olvidar.


            Al final de su vida, Lárina consiguió la rehabilitación de su marido y también recobró los documentos de su archivo personal y los escritos últimos que redactó antes de morir, entre ellos unos poemas (que se reproducen en las memorias de Lárina) y una novela autobiográfica, Cómo empezó todo (Pre-Textos. Valencia. Valencia (2007). 440 págs. Traducción: Rubén Darío Flórez Arcila), publicada en español en 2007. En ella, a través de un álter ego, Nikolai Kolia Petrov, cuenta con un tono lírico su infancia y primeros años de adolescencia, con una constante presencia la naturaleza. La novela es un excelente retrato de la Rusia anterior a la Revolución. Novela de formación que habla de la vida en el imperio zarista, de los funcionarios y del profesorado, de las desigualdades que estallaron en la fallida Revolución de 1905.
            Como escribe Stephen F. Cohen en la introducción: “Esta obra sin precedentes en la literatura soviética es a la vez un cuento familiar, una historia de amor y una búsqueda de justicia política”. Tiene tanto un valor literario como histórico y se ha convertido en uno de los mejores testimonios de todas aquellas personas que sufrieron, con el consentimiento del aparato político comunista, una irracional represión. Como escribe la autora en el prólogo, “he luchado durante años y con tenacidad para que el nombre de Nikolái Ivánovich fuese rehabilitado, y ahora que eso ha ocurrido, me siento feliz de haber contribuido a ello”.


Lo que no puedo olvidar
Anna Lárina
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona (2007)
528 págs.
Traducción: María García Barris.