sábado, 14 de mayo de 2016

“El ruido del tiempo”, de Julian Barnes


Julian Barnes (Leicester, 1946) es uno de los actuales novelistas ingleses de más proyección internacional. Si en sus libros anteriores, Niveles de vida y Nada que temer, mezclaba el memorialismo con el reportaje y hasta con el ensayo, en esta ocasión escribe una novela-biografía sobre la vida del famoso compositor ruso Dmitri Dmitríevich Shostakóvich (1906-1975), uno de los más laureados por el régimen soviético –obtuvo seis Premios Stalin y tres Órdenes de Lenin-, quien también padeció el clima de purgas y represión de la época de Stalin.
La novela se centra sobre todo en sus relaciones con el Poder y la actitud del músico ruso ante el control de las autoridades soviéticas de las manifestaciones artísticas y culturales. A los escritores Stalin los definió como “forjadores del alma humana”, y todos aquellos que no aceptaron este papel según las premisas del “realismo socialista” tuvieron numerosos problemas con el Poder (los testimonios de esta represión son abundantes). Y también les sucedió a los músicos, que debían componer una música para las masas basada en la tradición rusa y en el sentido optimista del comunismo revolucionario.
Educado en los valores comunistas, que aceptó sin grandes complicaciones, Shostakóvich fue hasta 1936 uno de los músicos preferidos por el régimen, además de tener un sonado éxito internacional. En 1934 había estrenado su ópera más famosa, Lady Macbeth de Mtsensk, que cosechó importantes críticas en todo el mundo. En 1936 se representó en Moscú y a una de sus sesiones asistió el propio Stalin. Dos días después el periódico oficial Pravda le dedicó un editorial, con toda seguridad firmado por el propio Stalin, que censuraba la obra calificándola de “formalista”, la peor crítica que podría recibir una obra de arte. Para Stalin, su ópera era “bulla en vez de música”, además de ser “un juego de inteligente ingenuidad que puede acabar muy mal” pues “es obvio el peligro que esta tendencia supone para la música soviética”. Tras ese editorial, se desató una campaña contra la música de Shostakóvich, calificándola de decadente, cosmopolita, individualista y defensora del arte por el arte. Su nombre fue prohibido y señalado, lo que le podría traer graves consecuencias hasta para su propia persona, pues el músico de Leningrado conocía cómo se las gastaba el régimen con aquellos intelectuales que no pasaban por el aro. De hecho, esperaba su detención en cualquier momento.


Pero no fue detenido. A partir de entonces, Shostakóvich se planteó qué debía hacer: ¿someterse a las sugerencias del poder o continuar su propio camino musical? El drama de Shostakóvich lo padecieron otros muchos intelectuales, que o bien se plegaron a la concepción comunista del arte o acabaron encerrados en los gulag. Este es el debate íntimo que aparece en la novela. Barnes apuesta por diferenciar el Shostakóvich externo del interno. Internamente, no comulgaba con las ideas comunistas (así lo muestra Barnes), externamente se convirtió en un músico fiel al régimen. En 1940, recibió la Orden de la Bandera Roja del Trabajo; durante la Segunda Guerra Mundial escribió la Séptima Sinfonía, la llamada Sinfonía Leningrado, que fue utilizada propagandísticamente por el régimen de Stalin en todo el mundo; en 1948, fue elegido para representar a su país en Nueva York en el Congreso Cultural y Científico para la Paz Mundial; en 1960, se afilió al Partido Comunista y fue nombrado presidente de la Unión de Compositores de la Federación Rusa, además de pertenecer al Soviet Supremo y de firmar cartas de denuncia contra Solzhenitsyn y Sájarov.   
La novela, con frecuentes saltos en el tiempo, sigue el hilo cronológico de la vida de Shostakóvich, centrándose en los hechos internos y en las complejidades de su mundo interior, todavía más acusadas por su complicado carácter y su sensibilidad musical. Barnes novela la situación del músico en su círculo familiar  (su primera mujer, Nina, y sus dos hijos) y en el entramado de intereses de un régimen totalitario, en el que la vida de los disidentes corría peligro, ya que “decir la verdad se volvía imposible –porque conducía a una muerte inmediata-“ y “había que disfrazarla” sino se quería que el régimen aplicase su fuerza no sólo sobre él sino también sobre su familia y allegados. ¿Debería haber sido Shostakóvich otro mártir, como lo habían sido tantos artistas?


La biografía de Shostakóvich y sus relaciones con el régimen soviético despiertan hoy día mucho interés, como demuestran los numerosos libros que se siguen publicando sobre este tema. Destaco dos: el primero es la minuciosa recreación histórica que hace el historiador norteamericano Bryan Moynaham del cerco de Leningrado en Asedio y sinfonía, en donde utiliza como hilo conductor los vaivenes de la composición de la Séptima Sinfonía o Sinfonía Leningrado, de Shostakóvich. En segundo lugar, el novelista William T. Vollmann convierte al músico ruso en protagonista de uno de los episodios de la voluminosa novela Europa Central (2007). También resulta interesante citar una reciente novela de Reyes Monforte, Una pasión rusa, en la que se cuenta indirectamente la biografía del músico ruso Serguéi Prokofiév, con Jachaturián y Shostakóvich otro de los músicos que tuvo problemas con el régimen comunista.
La música no es un tema nuevo en la bibliografía de Julian Barnes. Varios relatos de su libro La mesa de limón tienen una temática musical. Y en una de sus novelas más conseguidas, El puercoespín (1992), utiliza como protagonista al incombustible líder comunista búlgaro Todor Zhivkov.


El ruido del tiempo
Julian Barnes
Anagrama. Barcelona (2016)
208 págs. 16,99 € (papel) / 9,99 € (digital)
T.o.: The Noise of Time.
Traductor: Jaime Zulaika.

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